Le sonará una locura, y quizá lo sea

Le sonará una locura, y quizá lo sea, pero hace meses que partió y ya no sé qué hacer para arrancarme este sentimiento del pecho. Su ausencia no ha hecho más que agrandar este dolor que, lentamente, ha ido consumiéndome hasta, tal punto de, verme obligada a confesarle todo lo que mi corazón siente por usted. No deseo que se vea en el compromiso de volver si sus sentimientos no se corresponden a los míos, pero ha de entender que no podía callar un segundo más esto que guardo dentro de mí. Le amo. Le amo, le amo y le amo. Le amo de todas las formas posibles que hay de amar. Amo la frescura de su piel en contacto con la mía; amo el silencio de sus labios cuando sus oídos me escuchan; pero, sobre todo, amo la sencillez con la que consigue atraparme en todas y cada una de sus palabras, pues, aunque usted no lo crea, sabe cómo hacer florecer hasta la flor más marchita.

Siempre le tendré en mi corazón ya que, por un breve tiempo, formó parte de mi vida, y créame si le digo que fue y será lo más importante.

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Reseña: El Cuento de la Criada

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El Cuento de la Criada de la escritora Margaret Atwood

★★★✰✰

Sinopsis: Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder y, como primera media, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres, En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela -o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir- le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá la polución de los residuos tóxicos.

 

Análisis de la novela

Decidí leer esta novela de Margaret Atwood cuando descubrí que la serie, que tan impresionada me estaba teniendo con cada capítulo, estaba basada en dicho libro. Craso error no haber descubierto la novela mucho antes porque quitando, quizás, algunas pequeñeces, prácticamente me sabía el argumento de la historia. Aun así, ha sido un libro que me ha sorprendido tanto para bien como para mal, he de ahí que haya decidido lanzarme a hacer la primera reseña con esta novela, y así, poder compartir mi opinión con todos vosotros.

El Cuento de la Criada pertenece al género de ciencia ficción distópica, publicada en 1985 por la autora Margaret Atwood. Una de las cosas que más me han maravillado de esta autora ha sido el argumento tan espeluznante, pero a la vez tan brillante, que ha sabido crear, y es que, en dicha novela, la protagonista narra como un grupo de políticos teócratas, que se hacen llamar Los Hijos de Jacob, consiguen dar un golpe de estado, convirtiendo los Estados Unidos en la nueva República de Gilead, un régimen patriarcal totalitario, con el fin de aumentan la natalidad que se ha visto afectada por la toxicidad de la atmósfera debido al aumento de los avances científicos. Pues bien, en este nuevo régimen donde el papel de la mujer es el más afectado, encontramos una sociedad que clasifica a éstas según una serie de funciones: Esposas, mujeres de los Comandantes que son consideradas directamente como estériles; Marthas, mujeres que se encargan del cuidado de la casa; y las Criadas, mujeres fértiles que se emplean como máquinas reproductivas cuyo único fin es proporcionar un hijo al Comandante y a su Esposa. Independientemente del rango que posea la mujer, se les ha sido arrebatados todos sus derechos, no pueden leer ni escribir, no pueden tener posesiones a su nombre ni manejar su propio dinero, los placeres y libertades han sido suprimidos, no tienen voz ni voto en la República de Gilead, e incluso el Gobierno es capaz de castiga y asesinar a todos aquellos que intenten rebelarse. De entre todas las mujeres, las Criadas son las que más se han visto afectadas ante tanta represión, ya que carecen de identidad propia, es decir, su nombre está compuesto por la preposición “de” más el nombre de su actual Comandante. Además, sus cuerpos pertenecen a los Comandantes y a las Esposas, al igual que sus propios hijos, ya que, por ley, no les pertenecen. Una vez han terminado su función, cambian de hogar, al igual que cambian de identidad.

Si analizamos detenidamente la novela, encontramos grandes similitudes con hechos que han tenido lugar en la vida real. Por ejemplo, las Colonias de las que hace mención el libro, donde las mujeres son enviadas para ser sometidas a trabajos forzosos, guarda una estrecha relación con El Holocausto, donde los judíos eran enviados a trabajar en campos de concentración, e incluso muchos de ellos acabaron perdiendo la vida. En lo referente a esto, encontramos más similitudes con respecto a la novela, como la clasificación de los judíos en función de su capacidad para trabajar, al igual que las Criadas en función de su fertilidad; la vestimenta distintiva compuesta por una banda amarilla alrededor del brazo con una estrella de David durante la Alemania Nazi, y el vestuario que se rige mediante el uso de colores que deben llevar todas las mujeres de Gilead en función de la clase social a la que pertenecen; o, como ya he mencionado antes, la pérdida de identidad de las Criadas, y la pérdida de identidad de los judíos sustituida por simples números. La pérdida de identidad que sufre la mujer a lo largo de la novela, también podría relacionarse con un hecho que tuvo lugar en países hispanos, donde a los niños se le adjudicaba como apellido el nombre del padre más el término -ez “hijo de”, por lo que encontramos apellidos tales como: Martínez, Márquez, Pérez… Este hecho también se puede encontrar en otros países como Inglaterra, Escocia, Portugal, etc. Por si fuera poco, a lo largo de El Cuento de la Criada asistimos a múltiples ejecuciones públicas, y la exposición de diversos cadáveres que han sido colgados en El Muro. Estas aberrantes prácticas siguen siendo aún legales en países como Irán, y hace relativamente poco se podían ver en Arabia Saudí, en Corea del Norte o en Somalia. Además, otro evento muy presente a lo largo del libro, son las adopciones forzadas donde, una vez establecida la República de Gilead, los niños son separados de sus padres y enviados a otras familias, como ocurre con Defred y su hija Hannah. Esa situación nos traslada a un periodo de tiempo que tuvo lugar al inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 70, donde muchos niños eran robados, e incluso en algunos países, como Australia, esta práctica era considerada legal. Estos son sólo unos pocos claros ejemplos que esta grandiosa autora ha combinado para brindarnos esta extraordinaria obra.

En cuanto a Defred, la protagonista de esta historia, narra en primera persona todo aquello que le sucede desde que ha llegado a casa del Comandante Waterford como Criada, combinándolo con pequeños fragmentos que recuerda de su vida pasada. El impacto de escenas totalmente opuestas causa gran impresión al hacer al lector testigo de cómo, una sociedad democrática donde la mujer poseía un sinfín de derechos y libertades, poco a poco le son arrebatados hasta crear una sociedad totalmente opresiva. Además, cabe recalcar que, al estar escrito en primera persona, Atwood consigue que empaticemos en cierta manera con la protagonista y, sobre todo, veamos cada uno de los acontecimientos que tienen lugar a lo largo de la historia desde su propia perspectiva.

He de admitir que una de las cosas que me ha decepcionado de esta novela ha sido la elaboración del personaje de Defred, ya que, tal vez influenciada un poco por la serie, me imaginaba una mujer valiente y fuerte para hacer frente a las dificultades que le presentaba un Estado totalitario, inteligente y decidida en cada decisión arriesgada, pero, sobre todo, capaz de hacer cualquier cosa por volver a ver a su hija.  Sin embargo, vemos a una Defred sin personalidad, que no se molesta en intentar rebelarse o escapar de la situación en la que está sometida, únicamente se dedica a pasar por los diversos acontecimientos que se le acontecen lamentándose de su situación, pero sin buscar una alternativa ante éstos. Asimismo, hay momentos que transcurren a lo largo del libro que provocarían cuantiosos sentimientos a cualquier ser humano que pasase por las mismas circunstancias, en cambio, Defred lo narra con cierta frialdad, como si fuera una simple espectadora. Otra de las cosas que me ha decepcionado ha sido no haber tenido la oportunidad de conocer un poco más la situación política en la que está sumido Estados Unidos, conocer el entramado en el que se rige Gilead a manos de los Comandantes y las Tías, o profundizar en algún que otro personaje que apenas se menciona, así como, conocer que es lo que sigue a ese final tan esperado, pero a su vez, tan decepcionante.

En general, Margaret Atwood ha creado una obra literaria cuyo argumento es suntuoso, y cuya distopía es inusual en la literatura universal. Una obra literaria que nos permite reflexionar acerca de hechos pasados, presentes, y quién sabe si futuros, que han inspirado a la creación de esta novela. Una obra literaria que todo el mundo debería leer, no sólo porque es entretenida y, sobre todo, impactante, sino por todas aquellas inquietudes acerca del ser humano y la sociedad que deja a lo largo de sus páginas.

Desnuda frente al espejo

Desnuda frente al espejo, con el cabello enmarañado cubriéndome los senos, y los labios pintados de color carmín. Comenzabas a darme suaves besos por el cuello con sabor a café amargo y un poco de coñac. Tus manos bajaban sobre mi cintura, contorneándola junto a la tuya. Era entonces cuando sucedía mi parte favorito: me cogías del brazo y me hacías girar sobre mí misma, luego me acercabas hacia ti, donde podía respirar tu aliento, y comenzábamos a bailar hasta acabar tirados en el sofá. En aquellos momentos pensaba que éramos como John Travolta y Olivia Newton-John en Grease representando la historia de amor de nuestra vida. Pero con el tiempo, me cambiaste por unos pitis en el estanco de la esquina, que se acabaron convirtiendo en la camarera del Kit Kat Club que frecuentabas cada vez que discutíamos para ponerte ciego de Whisky y cocaína. No me importaba, porque sabía que acabarías llamando a mi puerta con un ramo de margaritas, y me harías el amor como aquel primer día. Luego te marcharías, dejando una nota recordándome cuánto me querías, y las tostadas quemadas en la mesa de la cocina. Nunca decías adónde, y yo nunca te lo preguntaba. La última vez que llamaste a mi puerta con un ramo de margaritas y me hiciste el amor como aquel primer día, supe que algo había cambiado. Ya no estaba la nota recordándome cuánto me querías, ni las tostadas quemadas en la mesa de la cocina. Me quedé jugueteando con el ramo de flores buscando la margarita del “me quiere”, pero sólo encontré la del “no”. Fue la primera vez que lloré por ti porque sabía que ya no volverías.

Desnuda frente al espejo, con el cabello enmarañado cubriéndome los senos, y los labios pintados de color carmín. Ahora era la soledad la que venía a arroparme, compungida por tu huida, y bailaba conmigo un vals antes de quedarme dormida. Por las noches tenía horribles pesadillas que me decían que sólo fui para ti el billete de ida sin vuelta, la botella de alcohol barata, el café frío de las mañanas, los cigarrillos sin nicotina.

Aún sigo esperando a que llames a mi puerta con un ramo de margaritas que me diga que me quieres, que me quieres para toda la vida.

Mar de tormenta – Sorolla, 1901

Mar de tormenta, 1901

Aquel día el cielo estaba un tanto nublado. Algunas gaviotas planeaban cerca del mar en busca de su próxima presa. Sentadas en la arena se encontraba un grupo de mujeres con largos vestidos de encaje blanco y grandes sombreros de yute decorados con adornados florales y un velo de tul a juego. Incrédulas y con cara de estupefacción, chismorreaban sobre las nuevas noticias que corrían por el mercado. Una de ellas amamantaba a la que debía de ser su hija, mientras las demás mujeres no dejaban de prestar atención a aquellos niños que correteaban, como Dios los trajo al mundo, por la arena. El más pequeño se había quedado pasmado ante el agua, que se balanceaba de un lado a otro formando ondas de diversas magnitudes, hasta desembocar en la orilla, y ante la espuma blanca que, segundos después, se expandía sobre sus pies.

A lo lejos se podía divisar las figuras de unos hombres, con ropas un tanto ajadas, sentados sobre unas rocas intentando pescar lo que sería su cena de esta noche. Uno de ellos estaba preparando la carnada para, más tarde, lanzar el anzuelo al mar con la esperanza de que aquella tarde picara algo, cuando, de pronto, comenzó a tronar. El cielo había ennegrecido, y con él, el mar. Los gritos de las mujeres llamando a sus hijos se entremezclaban con el rugir de la tormenta. Estaba lloviznando. Los niños se vestían apresuradamente mientras se alejaban aprisa del lugar. Los pescadores ya se habían marchado. Solamente quedaba la ira de aquel oleaje que arremetía con fuerza.

 Solamente quedaba aquel mar de tormenta.

Éramos como el alcohol mezclado con rock and roll

rock

Éramos como Freddie Mercury y Elvis Presley haciendo temblar el escenario. Tus labios marcaban el ritmo de la música, atrapándome entre los pentagramas de tu piel. Éramos como un solo de guitarra eléctrico cada vez que nuestras miradas se encontraban; ardientes y desafiantes entre las sábanas, recorría cada lunar que componía aquel instrumento musical. Éramos como el alcohol mezclado con rock and roll cuando nuestros cuerpos se rozaban. Dos cuerpos tan frágiles y a la vez tan fuertes, cargados de deseo, dispuestos a romper los altavoces. Éramos el do re mi fa que sonaba en aquel viejo radio casete de los años 80, donde nuestros besos y gemidos eran el estribillo de la canción que acompasaba nuestros latidos.