Siento

ojo

 

Siento cómo el miedo desgarra mi corazón

cómo mi cuerpo desnudo se empequeñece.

 

Siento cómo cada pensamiento atormenta mi razón

cómo la inseguridad me retiene.

 

Siento cómo la desesperación incendia mi alma

Siento cómo la huida abre paso a la esperanza.

 

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Recuerdo

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Recuerdo el calor de aquella habitación

su cuerpo desnudo enredado entre las sábanas

la mirada fija en el techo.

 

Recuerdo las ansias por dejar el tiempo en suspensión

por liberar mi alma maniatada

por saborear cada parte de su cuerpo.

 

Recuerdo mi mano entrelazada con la suya

sus rizos alborotados

sus caricias por mi cuello.

 

Recuerdo los besos alrededor de mi cintura

sus ojos entornados

sus labios trepando por mis senos.

 

Recuerdo la respiración jadeante

el deseo arder en  lo más profundo del corazón.

Recuerdo el placer desatarse

 perder completamente la razón.

Desnuda frente al espejo

Desnuda frente al espejo, con el cabello enmarañado cubriéndome los senos, y los labios pintados de color carmín. Comenzabas a darme suaves besos por el cuello con sabor a café amargo y un poco de coñac. Tus manos bajaban sobre mi cintura, contorneándola junto a la tuya. Era entonces cuando sucedía mi parte favorito: me cogías del brazo y me hacías girar sobre mí misma, luego me acercabas hacia ti, donde podía respirar tu aliento, y comenzábamos a bailar hasta acabar tirados en el sofá. En aquellos momentos pensaba que éramos como John Travolta y Olivia Newton-John en Grease representando la historia de amor de nuestra vida. Pero con el tiempo, me cambiaste por unos pitis en el estanco de la esquina, que se acabaron convirtiendo en la camarera del Kit Kat Club que frecuentabas cada vez que discutíamos para ponerte ciego de Whisky y cocaína. No me importaba, porque sabía que acabarías llamando a mi puerta con un ramo de margaritas, y me harías el amor como aquel primer día. Luego te marcharías, dejando una nota recordándome cuánto me querías, y las tostadas quemadas en la mesa de la cocina. Nunca decías adónde, y yo nunca te lo preguntaba. La última vez que llamaste a mi puerta con un ramo de margaritas y me hiciste el amor como aquel primer día, supe que algo había cambiado. Ya no estaba la nota recordándome cuánto me querías, ni las tostadas quemadas en la mesa de la cocina. Me quedé jugueteando con el ramo de flores buscando la margarita del “me quiere”, pero sólo encontré la del “no”. Fue la primera vez que lloré por ti porque sabía que ya no volverías.

Desnuda frente al espejo, con el cabello enmarañado cubriéndome los senos, y los labios pintados de color carmín. Ahora era la soledad la que venía a arroparme, compungida por tu huida, y bailaba conmigo un vals antes de quedarme dormida. Por las noches tenía horribles pesadillas que me decían que sólo fui para ti el billete de ida sin vuelta, la botella de alcohol barata, el café frío de las mañanas, los cigarrillos sin nicotina.

Aún sigo esperando a que llames a mi puerta con un ramo de margaritas que me diga que me quieres, que me quieres para toda la vida.

Venía cada noche

ffffffffffffffffff

Venía cada noche, prófugo del día, indagando entre mi piel la belleza de su lírica, jugando a encadenarnos a un amor suicida de míseros poetas en busca de una rima.

Se convirtió en el donjuán de mi corazón, ahora resquebrajado, por las falsas promesas de amor que le había recitado.

Mis lágrimas reclaman el sabor de sus palabras susurrándome que volvería, que no cometimos faltas de ortografía en ésta, nuestra poesía.

Ella era así 

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Ella era así, segura, decidida, de las que se levantan temprano para aprovechar el día. Cada mañana me daba un beso en la mejilla, dejándome su lápiz labial como huella de despedida. 

Ella era así, indomable, atrevida, de las que te hace estremecer con cada caricia. Cada noche sus manos recorrían mi espalda haciéndome olvidar todo aquello que me atormentaba.

Intensa, terca, hermosa y un tanto compleja; una caja de sorpresas que hacía revivir a cualquier alma en pena.

Así era ella.